



Había una vez una niña, que soñó toda su vida en ser reemplazada por otra, más bonita, más inteligente, más sentimental, más femenina, más segura. Esta niña nunca fue reemplazada, y se escondió en una madriguera, meditó, sobrevivió, y cuando se sintió mejor, salió. La luz del sol la encandiló, sintió su calor en la piel, sintió las cosquillas del pasto en la planta de sus pies, miró a su alrededor, y recordó lo bello que era todo, pensó en todos esos años encerrada, en en soledad en la oscuridad, añorando cosas que podían cambiar fácilmente.
La niña se entregó a los demás, trabajó duro por cambiar, compartió con el resto, tomó decisiones pensando en los demás, y pensó que era feliz, pero un día, las cosas cambiaron, ella tenía otros intereses, y la gente por la que ella había dado tanto, la abandono, la vida perdió sus colores, hasta la comida perdió su sabor, nada parecía interesarle, ella estaba triste, pero siempre sonrió, trataba de no llorar en frente de la gente, para que nadie supiera que estaba triste, ella quería que todos estuvieran felices, aunque ella no... Volvió a su madriguera, por mucho tiempo más. En el fondo de su corazón aguardaba la esperanza de volver a encantarse y volver a creer cuando se decida a abandonar su madriguera nuevamente, y ahí está, encerrada, esperando a que alguien la invite a ser feliz allá afuera, bajo la luz del sol, que alguien la invite a ser feliz, por mientras, de vez en cuando llora viejas penas, y ama lo que no puede ver.
